
Solo quería decirle cuanto me gustaba. Mi cuerpo, torpe y desprolijo, dejaba traslucir mis intenciones; ni siquiera contaba con el factor sorpresa. Ella caminaba rápido, a paso largo, escapando, adivinando. Volvíamos del colegio. Lo pensé durante dos cuadras y en un ataque de valentía me animé. Al acercarme mi cuerpo entorpeció y mientras balbuceaba -me gustas- le di un pisotón; se dio vuelta me miro a los ojos y me dijo: <<¡Salí tarado!>>. Ahí empezó todo.
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